El modo de ver la actividad humana en este mundo globalizado, donde nos autoimponemos un éxito individual, nos lleva a pensarnos en función solo de lo que puedo hacer yo frente a mis necesidades. Yo soy el único capaz de lograr ser “exitoso” y lograr “mis sueños”. Esta proposición, muy motivadora para buscar superarnos, tiene doble filo: nos carga de toda la responsabilidad.

En este modo “normal” de ver las formas de hacer suprimimos lo colectivo, nos privamos de potenciarnos con el otro.

La economía local nos centra en nosotros y en el lugar que ocupamos. Somos sujetos ubicados en un contexto de tiempo y espacio.

En el relacionarnos activamente con el otro apropiándonos de los modos de hacer, no siendo pasivos de lo que se nos impone, podemos acceder conjuntamente a mejores niveles de calidad de vida para todos.

Es un ejercicio de integración, donde se busca que nadie quede afuera, porque en el proceso de conocimiento del otro, se llega a entender el destino común de todos los involucrados y a sentir identidad, sentido del aporte que todos hacemos a nuestra comunidad.